Era posiblemente la primera vez que alguien hablaba de su dolor sin decidir por ella.
Cuando finalmente se quedó dormida, Adrián salió al salón. Era fundador de un fondo de inversión que poseía una participación importante en el grupo hospitalario donde trabajaba Álvaro, pero sabía que dinero no era lo mismo que justicia.
Abrió el móvil.
No llamó para exigir un despido.
Llamó al responsable de cumplimiento normativo del grupo y dijo solamente:
—Necesito activar el protocolo externo de protección del paciente. Sin favores. Sin filtraciones. Y mañana quiero que un abogado especializado hable con mi esposa.
Entonces el teléfono de Elena comenzó a vibrar sobre la mesilla.
Adrián miró la pantalla.
“Mamá”.
Había 17 llamadas perdidas.
Y debajo apareció un mensaje nuevo:
“Álvaro nos ha contado que Adrián ya sabe algo. Elena, no vuelvas a cometer el error de abrir la boca.”