—Cuéntame.
—Asistencia jurídica, terapia y alojamiento temporal. Especialmente para personas atrapadas en familias poderosas que utilizan dinero, prestigio o contactos para mantenerlas calladas.
Adrián sonrió.
—¿Cuánto necesitas?
Elena negó con la cabeza.
—Esa es exactamente la pregunta que no quiero que me hagas.
Él arqueó una ceja.
—¿Qué quieres que pregunte?
—Qué necesito para poder construirla yo.
Adrián sonrió todavía más.
—De acuerdo. ¿Qué necesitas?
La Fundación Alba nació 7 meses después.
El nombre no pertenecía a ningún apellido.
Ese detalle era importante para Elena.
En sus primeros 2 años ayudó a 83 personas a obtener asesoría legal, protección temporal o asistencia psicológica.
Elena nunca permitió que utilizaran su imagen como la de una víctima perfecta.
—No quiero que nadie venga aquí porque piense que yo sobreviví mejor —repetía—. Quiero que venga porque descubra que tiene derecho a decidir qué hacer con su propia historia.
Casi 3 años después de aquella noche en Madrid, Elena entró una tarde en casa llevando una carta.
Adrián reconoció el remitente inmediatamente.
Álvaro.
Elena estaba embarazada de 6 meses.
Su hermano se había enterado.
La carta comenzaba:
“Sé que vais a tener una niña.”
Adrián sintió regresar aquella rabia antigua.
Pero no tocó el teléfono.
No llamó a ningún abogado.
Miró a Elena.
—¿Qué quieres hacer?
Ella leyó la carta completa.
Álvaro hablaba de genética, de familia, de la posibilidad de que la niña “heredara cosas que ninguno de los 2 comprendía”. Era su último intento de entrar en la cabeza de su hermana.
Años atrás habría funcionado.
Aquella Elena habría pasado noches preguntándose si el carácter podía viajar por la s.a.n.g.r.e como una condena.
La mujer que sostenía aquella carta ya no.
Salió al balcón.
Barcelona estaba cubierta por la luz naranja del atardecer.
Adrián permaneció unos pasos detrás.
Elena rompió la carta en 4 partes.
No la quemó.
No necesitaba convertir aquello en un ritual dramático.
Simplemente la depositó en la papelera.
—Durante media vida pensé que el miedo era hereditario —dijo.
Adrián se acercó.
—¿Y ahora?
Elena puso una mano sobre su vientre.
—Ahora sé que también se aprende a romperlo.
La niña se movió.
Elena soltó una pequeña carcajada y tomó la mano de Adrián para colocarla sobre el lugar exacto.