Un administrador reconoció irregularidades en determinadas donaciones.
Los investigadores descubrieron una estructura mediante la cual algunas aportaciones a la Fundación Valdés habían acabado financiando sociedades vinculadas a Gonzalo.
La historia ya no trataba solamente de una familia.
Se había convertido en una investigación sobre posibles delitos económicos y responsabilidades médicas.
Álvaro acabó perdiendo su puesto.
Más adelante, después del procedimiento correspondiente, recibió una sanción profesional severa y terminó afrontando un proceso penal por hechos distintos a los sufridos por Elena.
Gonzalo fue acusado por delitos económicos relacionados con la fundación.
Beatriz no entró en prisión, pero tuvo que declarar durante semanas y perdió prácticamente toda influencia social.
La Fundación Valdés desapareció.
Durante años había ocupado salones de hoteles de 5 estrellas.
Terminó reducida a carpetas numeradas dentro de un juzgado.
Y, sin embargo, nada de aquello curó automáticamente a Elena.
Algunas noches despertaba convencida de que tenía 12 años.
Odiaba que alguien cerrara una puerta detrás de ella.
No soportaba determinados olores.
Durante meses evitó incluso el vestido que llevaba la noche en que Adrián vio su espalda.
Adrián aprendió una lección incómoda.
El amor no podía reparar aquello.
No bastaban abogados, dinero ni consecuencias.
Había heridas que no necesitaban un salvador.
Necesitaban tiempo.
Elena comenzó terapia especializada.
Volvió a pintar, algo que había abandonado siendo adolescente porque su madre decía que “no servía para nada serio”.
Primero pintaba habitaciones vacías.
Después ventanas.
Luego personas.
Casi 1 año después del inicio del caso, expuso 6 cuadros en una pequeña galería del Born.
El último mostraba una figura femenina de espaldas.
Las cicatrices estaban pintadas con finas líneas doradas.
Una periodista le preguntó por qué.
Elena respondió:
—Porque durante mucho tiempo pensé que eran la parte de mí que debía esconder. Ahora son simplemente una parte de mí que sobrevivió.
La fotografía recorrió las redes sociales.
Miles de mujeres comenzaron a escribirle.
Algunas hablaban de parejas.
Otras de padres.
Otras de hermanos, jefes o instituciones que les habían pedido silencio “por el bien de todos”.
Elena leyó los mensajes durante semanas.
Hasta que una noche entró en el despacho de Adrián con 2 carpetas.
—Quiero crear algo.
—¿Una empresa?
—Una fundación.
Adrián cerró el portátil.