Del otro lado no hubo respuesta.
—Y la obligaste a guardar secretos sobre su propia familia.
—Estaba enojada…
—No, Teresa. Estabas acostumbrada a que nadie te contradijera.
Su respiración se volvió entrecortada.
Entonces pronunció una frase que no esperaba.
—Yo también fui una niña a la que nadie defendió.
Permanecí callada.
Teresa me contó que su padre había sido violento, que creció escuchando insultos y que había confundido el miedo con el respeto.
Por primera vez entendí de dónde podía venir parte de su crueldad.
Pero comprender no significaba justificarla.
—Siento mucho lo que viviste —respondí—. Ninguna niña merece eso.
Ella sollozó.
—Gracias.
—Y precisamente por eso no voy a permitir que Camila viva lo mismo.
Terminé la llamada.
No sentí satisfacción.
Solamente una tristeza profunda por todas las generaciones que habían aprendido a llamar disciplina al sufrimiento.
Pasaron seis meses.