Camila comenzó a cambiar.
Al principio seguía pidiendo permiso para todo.
Preguntaba si podía abrir el refrigerador.
Si podía encender la televisión.
Si podía servirse otra porción de comida.
Cada vez que cometía un error, se disculpaba repetidamente.
Una tarde derramó un vaso de jugo sobre la mesa.
Se quedó completamente inmóvil.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Perdón, mamá. Perdón. No lo hice a propósito.
Me acerqué con un trapo.
—No pasa nada, mi amor.
—¿No estás enojada?
—No. Fue un accidente.
Me miró como si acabara de escuchar algo imposible.
—¿No me vas a castigar?
Sentí un nudo en la garganta.
—Camila, aquí nadie te va a humillar por derramar un vaso de jugo.
Entonces comenzó a llorar.
La abracé.
Y entendí que sanar no siempre significaba hacer algo extraordinario.
A veces consistía simplemente en permitirle a una niña cometer un error sin sentir miedo.