El rostro de Vivian perdió color.
Yo escuchaba cada palabra como si viniera desde el fondo de un túnel. Durante semanas había dudado de mí misma. Había revisado aquella firma tantas veces que incluso llegué a preguntarme si la memoria me estaba traicionando.
No me estaba traicionando.
Preston sí.
—¿Por qué conservó esto? —preguntó la jueza.
Samuel miró a Nora.
—Porque ella me pidió que no destruyera ningún registro. Me dijo que algún día la señora Hale necesitaría saber que no estaba loca.
Nora bajó la cabeza.
—Debí hablar antes.
—¿Por qué no lo hizo? —pregunté.
—Porque mi esposo trabajaba para los Hale. Y porque Richard amenazó con arruinar a toda nuestra familia si alguien decía una palabra.
Richard se levantó, rojo de furia.
—¡Eso es una mentira!
—Entonces explique esta firma —dije.
Señalé el pie del documento. Allí aparecía la rúbrica de Richard como testigo. En la caja de Nora había un libro de visitas del despacho con las entradas de cada persona que había estado allí.