PARTE 1
—Si me compra un pastel de chocolate, le digo por qué esos hombres están intentando robarle casi un millón de pesos.
Valeria Mendoza levantó la vista de su libreta y se encontró con un niño de ocho años, flaco, serio y con un mandil blanco que le llegaba casi hasta los tobillos. Detrás del ventanal del café, dos ejecutivos japoneses subían a una camioneta negra mientras Sergio Luján, el intérprete de Valeria, los acompañaba hasta la banqueta.
—¿Y sin pastel no me lo dirías? —preguntó ella, divertida.
El niño lo pensó con sorprendente seriedad.
—Sí. Pero con pastel se entiende mejor.
Valeria soltó una risa. Era la primera del día.
El niño se llamaba Mateo Hernández. Su padre, Diego, era cocinero en El Andén, un café pequeño de Guadalajara, cerca de la zona financiera de Providencia. Como Diego criaba solo a su hijo y terminaba turno hasta la noche, Mateo pasaba ahí las tardes después de la primaria, haciendo tarea en una mesita detrás de la cocina.
Desde los cinco años estudiaba japonés por su cuenta. Había empezado por unas caricaturas, luego siguió con videos, aplicaciones y un libro usado que Diego encontró en un tianguis. Escribía hiragana en hojas cuadriculadas, pegaba tarjetas con palabras en el refrigerador y practicaba números mientras lavaba los platos de su merienda.
Aquella tarde, Valeria negociaba la compra de cámaras y vitrinas refrigeradas para Casa Fresca, la cadena de veintisiete supermercados que había levantado durante doce años en Jalisco. El contrato rondaba los veinte millones de pesos. Sergio llevaba seis meses traduciendo correos y reuniones con la empresa japonesa.
Todo parecía listo para firmarse el viernes.
Hasta que Mateo fue al baño.
Mientras se lavaba las manos, entraron los dos japoneses que acababan de reunirse con Valeria. El mayor, el señor Takeda, miró al niño sin prestarle atención. El otro, Mori, comenzó a hablar en voz baja.
Mateo no entendió todo. Pero sí entendió números.
Escuchó una cifra equivalente a novecientos ochenta mil pesos. Escuchó palabras relacionadas con “agregar encima”, “intérprete”, “comisión”, “aduana” y “logística”. Y entendió una frase con absoluta claridad: la mujer no se estaba dando cuenta.
Por eso salió del baño con el corazón golpeándole el pecho y fue directo a la mesa de Valeria.