“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

Cuando llegó el pastel, Mateo repitió como pudo las frases en japonés.

Valeria dejó de sonreír.

En su libreta tenía anotada una palabra que Mori había pronunciado minutos antes. Sergio le había dicho que se refería a un cargo aduanal obligatorio.

Mateo aseguró que era una cifra.

—¿Estás seguro?

—De los números, sí. Y también dijeron que el traductor ya estaba arreglado con ellos.

En ese momento Diego salió de la cocina y palideció al ver a su hijo sentado con una clienta.

—Disculpe, señora. Mateo a veces se mete donde no le corresponde.

—Papá, la están engañando.

Diego quiso llevárselo, pero Valeria lo detuvo.

—¿Y si tiene razón?

Antes de que pudiera responder, la puerta del café sonó.

Sergio acababa de regresar.

Se acercó sonriente, miró a Mateo y bromeó:

—Sigue estudiando japonés, campeón. A lo mejor un día llegas a ser intérprete.

Mateo no dijo nada. Solo lo miró fijamente.

Valeria cerró su libreta.

—Sergio, mañana revisaremos de nuevo la cotización completa.

Él sonrió como si no tuviera nada que ocultar.

Y Valeria comprendió que, si Mateo decía la verdad, llevaba seis meses sentando a un traidor a su lado sin darse cuenta. Nadie en aquella mesa podía imaginar lo que estaba a punto de descubrir.

PARTE 2

Esa misma noche, Valeria llamó a Rebeca Torres, una antigua amiga que había trabajado como intérprete japonés-español en negociaciones industriales.

A la mañana siguiente, Rebeca llegó a la oficina de Casa Fresca. Valeria puso frente a ella la hoja donde Mateo había escrito, con su letra infantil, todo lo que recordaba haber escuchado.

Rebeca la leyó dos veces.

—El niño no domina el idioma —dijo—, pero tiene un oído extraordinario. Aquí escribió una expresión que significa inflar el precio o agregar un monto encima. Y aquí, aunque la frase está incompleta, se entiende que “con el intérprete ya está hablado”.

Valeria sintió un hueco en el estómago.

Durante dos horas revisaron los correos originales enviados por la empresa japonesa y las traducciones de Sergio.

Entonces encontraron la prueba.

En un mensaje de tres semanas atrás, Mori había escrito que el precio incluía transporte hasta el almacén de Casa Fresca y gestión aduanal. Sergio había traducido exactamente lo contrario: que transporte y aduana se cobrarían al final.

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