“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

—¿Ya lo habías pensado?

—Imagínate. Incluso sin tu consultoría.

Diego se acercó a Valeria.

—La primera vez que apareciste en nuestra vida, mi hijo te cobró un pastel por decirte la verdad. Hoy el precio es un poco más alto.

—¿Cuánto?

—Una vida conmigo. Si se puede, completa.

Valeria extendió la mano.

—Acepto.

Cuatro meses después se casaron en el mismo café, rodeados de la gente que había estado con ellos desde el principio.

Y tres años más tarde, cuando Mateo cumplió doce, los tres viajaron a Japón.

En Tokio, los trenes llegaron puntuales, tal como Mateo había leído desde niño. Él compró boletos, pidió direcciones y tradujo el menú para Diego. En Asakusa se quedó largo rato mirando el enorme farol rojo.

—¿Es como en tus libros? —preguntó Diego.

Mateo sonrió.

—Mejor. En los libros no decía que aquí huele a castañas asadas.

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