“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

—Los consejos son gratis —decía ella.

El lugar tenía exactamente diez mesas y una cocina abierta.

Mateo eligió el nombre: Itadakimasu.

—Porque antes de comer agradeces a todos los que ayudaron —explicó—. A Rodrigo, al banco, a la señora del café viejo que dejaba salir a mi papá, a Valeria por los consejos… y a mí, porque si no hubiera ido a lavarme las manos, nada de esto existiría.

El día de la inauguración se llenaron las diez mesas.

A las siete, Mateo golpeó un vaso con una cuchara.

—Tengo un anuncio.

Diego lo miró con desconfianza.

—¿Qué hiciste ahora?

—Decidí que ustedes dos ya deberían casarse.

Todos rieron.

Valeria señaló a Diego.

—El problema es que tu papá es muy lento.

Diego metió la mano en el bolsillo de su filipina y sacó una pequeña caja.

Mateo quedó con la boca abierta.

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