“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

—Disculpe, señora. Mateo a veces se mete donde no le corresponde.

—Papá, la están engañando.

Diego quiso llevárselo, pero Valeria lo detuvo.

—¿Y si tiene razón?

Antes de que pudiera responder, la puerta del café sonó.

Sergio acababa de regresar.

Se acercó sonriente, miró a Mateo y bromeó:

—Sigue estudiando japonés, campeón. A lo mejor un día llegas a ser intérprete.

Mateo no dijo nada. Solo lo miró fijamente.

Valeria cerró su libreta.

—Sergio, mañana revisaremos de nuevo la cotización completa.

Él sonrió como si no tuviera nada que ocultar.

Y Valeria comprendió que, si Mateo decía la verdad, llevaba seis meses sentando a un traidor a su lado sin darse cuenta. Nadie en aquella mesa podía imaginar lo que estaba a punto de descubrir.

PARTE 2

Esa misma noche, Valeria llamó a Rebeca Torres, una antigua amiga que había trabajado como intérprete japonés-español en negociaciones industriales.

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