“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

A la mañana siguiente, Rebeca llegó a la oficina de Casa Fresca. Valeria puso frente a ella la hoja donde Mateo había escrito, con su letra infantil, todo lo que recordaba haber escuchado.

Rebeca la leyó dos veces.

—El niño no domina el idioma —dijo—, pero tiene un oído extraordinario. Aquí escribió una expresión que significa inflar el precio o agregar un monto encima. Y aquí, aunque la frase está incompleta, se entiende que “con el intérprete ya está hablado”.

Valeria sintió un hueco en el estómago.

Durante dos horas revisaron los correos originales enviados por la empresa japonesa y las traducciones de Sergio.

Entonces encontraron la prueba.

En un mensaje de tres semanas atrás, Mori había escrito que el precio incluía transporte hasta el almacén de Casa Fresca y gestión aduanal. Sergio había traducido exactamente lo contrario: que transporte y aduana se cobrarían al final.

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