Mateo acomodó el papel.
—¿Ahora puedo entrar?
Elena sonrió.
—Sí.
Caminaron juntos por el pasillo central.
Mateo llevaba la enorme chaqueta de su abuelo.
Elena caminaba a su lado.
La iglesia estaba completamente en silencio.
Cuando llegaron al ataúd, Mateo colocó los claveles junto a él.
Apoyó una mano sobre la madera.
—Llegué, abuelo —susurró.
Después ocupó un asiento en la primera fila.
El asiento que siempre debería haber sido suyo.
Elena se sentó junto a él.
La ceremonia comenzó.
Pero la verdadera historia empezó después.
Al terminar, Elena llevó a Mateo a un lugar tranquilo para hablar.
Pidieron algo de comer.
Ninguno tenía hambre.
Mateo seguía usando la chaqueta.
—Quiero contarte algo sobre tu abuelo —dijo Elena.
—Está bien.
Ella comenzó por aquel edificio derrumbado.
Por la pierna rota.
Por el miedo.
Por el reloj.
Mateo escuchó sin interrumpir.
Cuando Elena terminó, el muchacho tardó varios segundos en reaccionar.