Un niño fue expulsado del funeral de su abuelo, hasta que una mujer poderosa vio el reloj en su muñeca.
—La ceremonia es privada. No puedes entrar.
Mateo Herrera apretó con más fuerza el pequeño ramo de claveles blancos que llevaba entre las manos.
Tenía trece años.
Había gastado casi todo el dinero que le quedaba en esas flores y había cruzado media Ciudad de México en transporte público para llegar a tiempo al funeral de su abuelo.
—Pero soy su nieto —respondió—. Tomás Herrera era mi abuelo.
El guardia miró sus zapatos gastados, el pantalón ligeramente corto y la vieja chaqueta verde que le quedaba demasiado grande.
Mateo conocía aquella mirada.
Era la mirada de alguien que ya había decidido no creerle.
—Necesito que te apartes de la entrada.
Mateo no se movió.
La chaqueta había pertenecido a su abuelo.