Expulsaron a un niño del funeral de su abuelo, hasta que una mujer vio el reloj que llevaba

Nunca hablaba de esas cosas.

Simplemente volvía a casa.

Se lavaba las manos.

Preparaba la cena.

—¿Qué va a pasar contigo ahora? —preguntó Elena.

Mateo permaneció callado.

—Una trabajadora social está revisando mi caso.

—¿Tienes más familia?

—No.

—¿Nadie?

—Éramos mi abuelo y yo.

Mateo giró el vaso entre sus dedos.

—La casa era rentada. Tengo que salir pronto. Me dijeron que seguramente viviré temporalmente con una familia mientras encuentran una solución.

Elena sintió una presión en el pecho.

Tomás Herrera le había salvado la vida.

Y mientras todos en aquella iglesia hablaban sobre su servicio, su único nieto estaba a punto de quedarse sin hogar estable.

—Mateo.

El muchacho levantó la cabeza.

—Hace muchos años le prometí algo a tu abuelo.

Le contó las palabras exactas.

Construir algo que valiera la pena salvar.

Empezar por las personas cercanas.

—He intentado cumplirlo —dijo Elena—. Pero nunca pude demostrarle que lo hice.

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