Apoyé la cabeza en su hombro.
Permanecimos en silencio.
Después Daniel sacó una pequeña caja del cajón de la mesa.
—Casi lo olvido.
Dentro había un anillo sencillo de plata.
No era costoso.
No tenía diamantes.
En el interior llevaba grabadas cuatro palabras:
“Sin secretos. Sin miedo”.
Lo miré con lágrimas en los ojos.
—¿Es una nueva propuesta de matrimonio?
—No —respondió sonriendo—. Es una propuesta para empezar a decirnos la verdad, incluso cuando duela.
Lo abracé.
Y entonces comprendí que nuestro matrimonio no había regresado a ser el mismo.
Era diferente.
Había cicatrices.
Había conversaciones pendientes.
Había una enfermedad que seguíamos vigilando.
Y había una hija que no conocíamos un año atrás.
Pero también había algo que antes nos faltaba.
La certeza de que no teníamos que enfrentar nuestros miedos por separado.