—Pero fuiste tú quien me dio el regalo más grande de mi vida.
—¿Cuál? —pregunté.
Me miró a los ojos.
—La oportunidad de dejar de esconderme.
Esa noche regresamos a casa agotados, pero felices.
Sofía se quedó dormida en el automóvil.
Valentina la cargó hasta su habitación mientras Daniel y yo entrábamos lentamente a la cocina.
Él se sentó en la misma silla donde, más de un año atrás, yo le había reclamado por faltar al cumpleaños de nuestra hija.
Me quedé observándolo.
—¿En qué piensas? —pregunté.
Daniel sonrió.
—En lo cerca que estuve de perderlo todo sin darme cuenta de lo mucho que tenía.
Me senté a su lado.
—Todavía estoy aprendiendo a perdonarte por aquellos nueve meses.
Él tomó mi mano.
—Lo sé. Y voy a seguir escuchándote cada vez que necesites hablar de ello.