Me dijo algo que nunca olvidaré:
—Su esposo siempre decía que una fábrica vale por la gente que llega a trabajar cada mañana, no solamente por los edificios.
Entonces entendí que Mateo había dejado algo mucho más importante que dinero.
Había dejado una responsabilidad.
Meses después, utilizamos parte de los recursos recuperados para crear un programa de apoyo médico a mujeres embarazadas que vivían lejos de los hospitales.
Lo llamamos Programa Doctora Ana Salgado.
La primera beneficiaria fue una joven de diecinueve años que vivía en una comunidad rural y necesitaba trasladarse regularmente para recibir atención especializada.
Cuando la conocí, llevaba una mano sobre su vientre y estaba muy nerviosa.
Me recordó a mí aquella tarde en el consultorio.
Le dije que no estaba sola.
Y por primera vez desde la muerte de Ana, pude pronunciar esas palabras sin sentir que estaba mintiendo.