Días después, volvieron a desmontar otra parte de la camioneta.
Dean perdió dinero en la reventa de algunas piezas.
También tuvo que manejar durante un tiempo una camioneta que todavía mostraba señales evidentes de haber sido modificada y luego regresada, poco a poco, a algo más cercano a como estaba antes.
Antes eso le habría dado vergüenza.
Ahora parecía aceptar que cada pérdida era consecuencia de su propia decisión.
Su padre seguía preguntando por el proceso, pero dejó de intervenir cuando vio que Dean ya no estaba intentando escapar de la responsabilidad.
Una noche vino a devolverle las llaves definitivamente.
Las dejó sobre la mesa, justo frente a Dean.
“¿Ya quedó cubierto lo de Eveline?”
Dean respondió que sí.
Su papá volteó hacia mí.
Yo confirmé.
Entonces empujó las llaves unos centímetros hacia su hijo.
“Son tuyas.”