Una niña demasiado débil para subir unas escaleras me pidió que la cargara y, a cambio, me contó un secreto devastador.
Me llamo Ernesto Salgado y hoy tengo 64 años.
Pero esta historia comenzó siete años atrás, cuando yo todavía pasaba casi todos mis días debajo de coches, con las manos cubiertas de grasa y la espalda reclamándome cada movimiento.
Había trabajado como mecánico durante más de treinta y cinco años.
Nunca me casé.
Nunca tuve hijos.
Vivía solo en un pequeño departamento encima de una tintorería, en una calle tranquila de San Luis Potosí, y mi vida era tan sencilla que podía describirse en pocas palabras: trabajar, comer, dormir y volver a empezar.
No era una vida triste.
Al menos eso me decía.
Una tarde me contrataron para revisar el sistema de calefacción y agua caliente de un edificio antiguo cerca del centro histórico.