Pero esta vez no levantó la mano hacia su boca.
Sonrió directamente hacia su papá, brackets incluidos.
Dean sonrió de vuelta.
Cuando ella salió, él se quedó mirando la puerta unos segundos.
Después metió la mano al bolsillo para sacar las llaves de la camioneta.
Las sostuvo un momento.
Ya no eran un premio.
Ya no representaban los rines, las luces ni los 5,000 dólares que había decidido gastar.
Eran simplemente las llaves del vehículo con el que iba a trabajar, recoger a su hija y regresar a casa.
Las dejó sobre la mesa mientras terminaba su café.
Y esa vez, por primera vez desde aquella noche, nadie necesitó quitárselas.