Ahí apareció la primera consecuencia que Dean no había considerado mientras gastaba los 5,000 dólares.
Deshacer una compra impulsiva no significaba recuperar mágicamente cada dólar.
Parte de ese dinero ya se había perdido.
Dean tendría que cubrir la diferencia.
Su papá llegó poco después con la camioneta.
No entró a la casa.
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Tocó el claxon una vez.
Dean tomó su cartera y salió.
Antes de cerrar la puerta, me dijo:
“Cuando regrese quiero que llamemos al ortodoncista.”
No le respondí con entusiasmo.
Solo asentí.
Todavía faltaba demostrarlo.
Horas después regresaron en la misma camioneta, pero ya no se veía igual.
Las luces más caras habían desaparecido.
Los rines seguían puestos porque el taller necesitaba tiempo para cambiarlos.
La suspensión tampoco podía revertirse ese mismo día.
Dean entró sosteniendo varios comprobantes.
Su padre caminaba detrás.