Ricardo, mi esposo desde hacía seis años, permanecía junto a la ventanilla de admisión. Vestía su traje gris impecable. Ni siquiera tenía los ojos rojos.
—Mariana, controla tus emociones —me ordenó—. Fue un accidente. El seguro automático del coche falló y Vanessa no pudo abrirlo.
Vanessa era su asistente de veintiséis años.
Estaba detrás de él, llorando con un pañuelo entre las manos.
—Señora Mariana, perdóneme. Fui a comprar agua y cuando regresé las puertas estaban bloqueadas. Intenté abrirlas, se lo juro.
La miré fijamente.
—¿A qué hora recogiste a mi hija?
—Como a la una.
—Sofía sale del kínder a las cuatro y media.
Vanessa dejó de llorar.
Ricardo se adelantó inmediatamente.
—La maestra autorizó que saliera temprano. No empieces a buscar culpables.
Entonces sacó un documento de su portafolio.
—Ya arreglé todo. Le transferí 150 mil pesos a tu cuenta como compensación. Vanessa no tiene antecedentes y sería injusto destruirle la vida por un accidenteLeí el encabezado.