La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

PARTE 1

—¿Tu mamá está internada diez días y de verdad vas a dejar vacío ese departamento tan bonito? ¡Qué desperdicio!

Eso fue lo primero que dijo mi esposo mientras los paramédicos bajaban a mi madre por las escaleras.

Ni siquiera preguntó si estaba bien.

Mi mamá, Lucía, llevaba casi una hora doblada por un dolor insoportable debajo de las costillas. Estaba pálida, sudando frío y apenas podía hablar. Yo sostenía su bolsa con documentos mientras uno de los paramédicos me explicaba que debíamos ir al hospital cuanto antes.

Raúl, mi esposo, seguía parado junto a la puerta.

—Mariana… ¿y la cena?

Lo miré sin saber si había escuchado bien.

—Hay enchiladas en el refrigerador. Las metes al microondas y aprietas “inicio”. Confío en que puedas sobrevivir.

Cerré la puerta y bajé corriendo.

Después de varias horas de análisis, medicamentos y estudios, el médico nos tranquilizó. Mi mamá tenía una inflamación severa de la vesícula. No necesitaba cirugía de urgencia, pero debía quedarse hospitalizada por lo menos diez días.

Cuando finalmente pude sentarme, recibí una llamada.

Era Ofelia, mi suegra.

—Ay, Marianita, qué desgracia. Raúl ya me contó todo. ¿Cómo está Lucía?

Su preocupación duró exactamente veinte segundos.

—Oye… ¿y su departamento?

Sentí un pequeño escalofrío.

Mi mamá vivía sola en un departamento amplio de tres recámaras en la colonia La Paz, en Puebla. Tenía mucha luz, árboles frente a las ventanas y acababa de remodelarlo con sus ahorros de toda una vida.

Ofelia siempre lo había admirado demasiado.

—Está cerrado —respondí.

—¿Tú tienes las llaves?

—Sí.

Hubo un silencio extraño.

—Pregunto porque luego hay fugas, ladrones… esas cosas. Sería bueno que alguien lo cuidara.

No le di importancia.

Error.

El sábado, Raúl despertó con una energía que nunca mostraba ni para trabajar.

—Tu mamá tiene un departamento enorme ahí vacío —dijo mientras yo preparaba café—. Alguien debería ir a revisar.

—Yo voy.

—No, digo… quedarse unos días.

Dejé la taza sobre la mesa.

—¿Quién?

Raúl comenzó a mirar hacia cualquier lugar menos hacia mí.

—Mi mamá anda mal de los bronquios. Dice que en su colonia hay mucho polvo, ruido, contaminación… y allá, junto al parque, se respira mejor.

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