No pude creerlo.
—¿Tu mamá quiere irse a vivir al departamento de mi mamá mientras ella está hospitalizada?
—¡No vivir! Nada más descansar. Además, podría limpiar.
—No.
—Mariana…
—No. Es la casa de mi mamá, no un hotel.
Raúl hizo esa cara infantil que ponía cuando no conseguía lo que quería y se encerró a hablar por teléfono.
El domingo visité a mi mamá. Ya estaba mejor y hasta se quejaba de la comida del hospital.
—Mañana, cuando salgas del trabajo, pásate por mi casa —me pidió—. Tráeme la novela que está junto a mi cama y una carpeta azul donde guardo los recibos.
Le prometí hacerlo.
Esa noche, al volver a casa, algo me llamó la atención.
En el mueble de la entrada faltaba un llavero de madera en forma de búho.
Allí estaba la copia de la llave del departamento de mi mamá.
Fui directamente con Raúl.
—¿Dónde están las llaves?
—¿Cuáles?
—No juegues conmigo.
Suspiró.
—Las agarré. Fui a ventilar un rato.
—Dámelas.
—Mañana.
Me acerqué a su chamarra y revisé el bolsillo donde él aseguró haberlas guardado.
Estaba vacío.
En ese instante entendí todo.
Raúl no había ido a “ventilar” nada.
Le había entregado la llave a su madre.
Y mientras mi mamá estaba acostada en una cama de hospital, mi suegra probablemente ya estaba entrando a su casa como si fuera suya.
No grité.
No discutí.
Me encerré en el baño, abrí la llave del agua para que Raúl no escuchara y busqué un número en mi teléfono.
Había alguien a quien Ofelia le tenía más miedo que a una demanda, una fuga de gas y una deuda bancaria juntas.
Su cuñada, la tía Rosario.
Marqué.
—¿Bueno?
Sonreí.
—Tía Chayo, soy Mariana. Creo que acabo de encontrarle alojamiento gratis en Puebla.
Del otro lado de la línea hubo un silencio.
Después, escuché una carcajada.
Y en ese momento comprendí que mi suegra acababa de cometer un error mucho más grande de lo que imaginaba.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
La tía Chayo vivía cerca de Teziutlán y era exactamente el tipo de persona que Ofelia no podía soportar.