La primera era no mentir.
La segunda era no desaparecer.
La tercera era llevar algo de comer si iba a visitar a un bebé porque, según ella, los adultos siempre llegaban con flores que nadie podía desayunar.
El juez leyó las reglas con seriedad.
—Puedo cumplirlas.
Renata lo señaló.
—Eso se demuestra.
—Correcto.
Andrés visitó a Mariana otro día.
Llevó la carpeta azul.
Era la misma.
Las esquinas seguían marcadas por el agua de la tormenta.
—Pensé en comprarle otra —dijo—, pero creo que esta ya se ganó el puesto.
Mariana pasó los dedos por la cubierta.
Dentro estaban las copias de su divorcio, los documentos que habían sobrevivido a la lluvia y una funda transparente con su acta de nacimiento.
Por primera vez, Mariana pudo mirarla sin sentir que el papel pertenecía a otras personas.
No era el secreto de Teresa.