Teresa sostuvo su mano.
—¿Quieres que llame a alguien?
Mariana miró a su hijo.
Pensó en Diego.
Pensó en Renata.
Pensó en el hombre que había descubierto su nombre en un acta cuando ya parecía demasiado tarde para cambiar nada.
—Primero a Renata.
La niña contestó de inmediato.
—¿Ya nació?
—Ya nació.
—¿Está bien?
—Perfecto.
—¿Y tú?
Mariana cerró los ojos.
—También.
Después permitió que Teresa avisara a los demás.
El juez llegó varias horas más tarde, cuando Mariana dijo expresamente que podía hacerlo.
Se quedó en la puerta hasta que ella lo invitó a entrar.
No tomó al bebé inmediatamente.
No pidió fotografías.
Solo lo miró.
—Es muy pequeño.
Mariana soltó una risa cansada.
—Así suelen empezar.
Él se rio también.
Renata apareció poco después con una hoja doblada donde había escrito tres reglas para el nuevo abuelo.