—Siempre.
Aquella fue la primera respuesta que pareció tranquilizarlo de verdad.
No intentamos recuperar diez años en diez días.
Al principio se veían por ratos cortos.
Yo permanecía cerca porque mi nieto así lo quería.
Hablaron de la escuela.
De beisbol.
De las cosas que mi nieto desarmaba solamente para descubrir cómo funcionaban y que luego yo tenía que ayudarlo a volver a armar.
Su padre se rio cuando escuchó eso.
—Tu mamá hacía lo mismo —dijo.
Mi nieto dejó de sonreír.
—¿Tú la conocías bien?
—Sí.
Y entonces empezó otra parte de la historia que yo tampoco había podido darle.
No una versión perfecta de mi hija.
Una versión joven.
La muchacha que hacía bromas cuando estaba nerviosa.
La que discutía por tonterías y cinco minutos después quería arreglarlas.
La que tenía miedo de convertirse en mamá y al mismo tiempo hablaba del bebé como si ya pudiera imaginar su cara.