—Porque me dijeron que habías muerto. Yo lo creí. Debí haber hecho más preguntas, pero tenía diecinueve años, acababa de perder a tu mamá y pensé que no había nada que buscar.
Mi nieto se quedó pensativo.
—Entonces tú tampoco sabías dónde estaba yo.
—No.
—Mi abuela tampoco sabía dónde estabas tú.
—No.
Mi nieto volteó hacia mí.
Por primera vez comprendió algo que la carta había revelado también para mí.
No habíamos pasado diez años separados porque él hubiera sido rechazado.
Habíamos pasado diez años viviendo dentro de una mentira que alguien más había elegido por todos nosotros.
Mi nieto volvió a mirar a su padre.
—No te voy a decir papá todavía.
El hombre tragó saliva.
—No tienes que hacerlo.
—¿Puedo llamarte por tu nombre?
—Claro.
—¿Y puedo decidir después?