Antes de irse, la mujer me dio un número de teléfono escrito en un pedazo de papel.
No intentó tocar a mi nieto.
No intentó presentarse.
Solamente me dijo:
—La carta explica lo que su hija quería que usted supiera. Lo demás me corresponde explicarlo a mí.
—¿Quién es usted exactamente?
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Su respuesta hizo que mirara otra vez hacia mi nieto.
—Soy la madre de su padre.
Se fue antes de que pudiera formular otra pregunta.
Esa noche esperé hasta que mi nieto se durmió.
Puse el sobre sobre la mesa de la cocina y me quedé mirándolo durante varios minutos.
Conocía aquella letra.
Había visto esos mismos trazos en recados pegados al refrigerador, tareas escolares, tarjetas de cumpleaños y pequeños mensajes que mi hija dejaba cuando salía de casa.
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“Mamá, regreso temprano.”
“Mamá, no olvides comprar leche.”