Gabriel recorrió el jacal sin tocar más de lo necesario.
La cama estaba tendida, el sombrero colgaba de un clavo y, junto a una pata de la mesa, había marcas recientes de botas sobre el polvo húmedo.
—Tenemos que salir de aquí —dijo.
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Jacinta no se movió.
—Él encontró a Mateo.
—Y precisamente por eso alguien no quiere que vuelva a hablar.
Ella miró hacia la vereda negra.
Horas antes habían disparado contra su ventana.
Ahora Tomás había desaparecido.
La amenaza ya no estaba escondida detrás de un juicio de herencia ni de palabras pronunciadas desde un caballo.
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Alguien estaba dispuesto a proteger el secreto de la muerte de Mateo.
Gabriel cerró la llave del bebedero y encontró, debajo del banco, la manta que Tomás había usado para envolver el cuero.
Nada más.
No había carta.
No había confesión conveniente.