La respuesta llegó una semana después.
Había más.
Muchos más.
Tres años atrás alguien había presentado una solicitud para incluir a Daniela como beneficiaria secundaria de una cuenta de inversión que yo utilizaba para mis ahorros.
La modificación había sido rechazada porque faltaba mi verificación presencial.
Un año después hubo otro intento.
Después otro.
Todos incluían información personal que solo mi familia conocía.
—Esto no empezó con la casa —dijo Lucía.
Sentí frío.
Revisamos mis archivos antiguos.
Entonces encontramos algo todavía más extraño.
Siete años
atrás, exactamente cuando comencé a ahorrar, mi padre había abierto una carpeta
(Continúa leyendo en la siguiente página)
bancaria a mi nombre.
Yo recordaba aquella cuenta.
Papá había dicho que conocía al gerente y podía conseguirme mejores condiciones.
Pero entre los documentos había una hoja que nunca había visto.
“Origen proyectado de fondos: venta futura de participación Ortega Ingeniería.”
Me quedé mirando el nombre.
—Yo trabajo en ingeniería, pero no soy propietaria de ninguna empresa familiar.
Lucía buscó el registro correspondiente.
Ortega Ingeniería había existido.
La había fundado mi abuelo.
Cuando murió, su participación se dividió entre sus hijos.
Y una parte había quedado reservada para sus nietos.
Incluyéndome.
—¿Cuánto? —pregunté.
Lucía tardó varios segundos en responder.
—Según estos documentos, tu participación fue vendida cuando tenías veintidós años.
—Yo nunca vendí nada.
La compradora había sido una sociedad llamada Salgado Patrimonial.
Salgado.
El apellido de soltera de mi madre.
Y