Pero ya no de pena.
De esperanza.
Porque la humanidad, cuando es verdadera, no siempre llega vestida de domingo.
A veces llega tatuada hasta el cuello.
A veces se equivoca.
A veces inventa una historia para no herir el orgullo de alguien.
Y a veces, si tiene suerte, esa mentira se convierte en una familia.
Una de esas familias raras, imperfectas y preciosas que no salen en los álbumes antiguos.
Pero que salvan vidas.
Un paseo de tres kilómetros.
Una cena de jueves.
Una cesta anónima junto a la puerta.
Y un perro viejo moviendo la cola como si todavía creyera que el mundo puede ser bueno.
Quizá por eso sigo trabajando en la misma caja.
Porque cada vez que oigo el pitido del lector, cada vez que veo unas manos temblando sobre un monedero, recuerdo a Doña Carmen.
Recuerdo a Rafa.
Recuerdo a Bruno.
Y me digo que, mientras exista alguien dispuesto a cuidar sin hacer ruido, este mundo todavía no está perdido.