Todo el supermercado pareció contener la respiración. Hasta el molesto pitido de la caja de al lado dejó de importar.
—¿Mi… mi Carlos? —tartamudeó, incrédula, como si le fuesen a fallar las piernas—. Pero si él falleció hace dos años.
Rafa asintió despacio, aguantando aquella mirada frágil.
—Lo sé. Éramos los mejores amigos. Poco antes de marcharse, me hizo jurar que cuidaría de usted y de Bruno si él no lograba salir adelante.
Sin dudar un solo segundo, puso un billete de cincuenta euros sobre la cinta de mi caja.
—Esta compra corre de mi cuenta.
Luego se metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, sacó doscientos euros más y los puso suavemente entre las manos arrugadas de la mujer.
—Carlos me prestó mucho dinero hace tiempo, cuando yo estaba en la ruina. Me salvó la vida. Esta es mi manera de devolvérselo. Él quería por encima de todo que usted lo tuviera.