No fue así.
Rodney vino a casa.
Con flores.
No enormes.
Flores del supermercado.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
Lo miré.
Ya no vivíamos juntos.
Seguíamos casados legalmente.
La terapia continuaba.
—Cenar.
—¿Aquí?
—Sí.
Cocinamos.
Él picó cebolla.
Yo hice pollo.
Fue extraño.
Familiar.
Doloroso.
Bueno.
Todo junto.
Después sacó una fotografía.
La reconocí.
La había visto en su oficina durante años.
Él.
Judith.
Daniel niño.
—¿Por qué trajiste eso?
—Porque quiero darte algo que debiste tener hace cuarenta años.
En la parte trasera escribió:
“Daniel, 1987.”
Nada más.
Ni explicación.
Ni excusa.
Me entregó la foto.
—No la quiero como regalo.
—No es un regalo.
—¿Entonces?
—Es parte de nuestra historia aunque yo te la negara.
Me quedé mirándola.
Eso era verdad.
La puse sobre la mesa.
—¿Quieres volver a casa? —preguntó.
La pregunta llegó por fin.
Pensé en todo.