Pero aquella tarde hubo una excepción.
Se llamaba Sophie Miller.
Tenía cinco años.
Y todavía no comprendía completamente lo que significaba vivir bajo las normas de un hombre temido por tantas personas.
Su madre, Anna, trabajaba como empleada doméstica en la mansión.
Llevaba apenas tres meses allí.
Había llegado con la intención de cumplir correctamente sus responsabilidades y evitar cualquier problema.
Desde el principio entendió que aquella no era una casa común.
Existían instrucciones precisas.
Había espacios donde no debía entrar sin permiso.
Y había situaciones en las que lo más prudente era limitarse a realizar su trabajo sin hacer preguntas.
Anna procuraba obedecer.
También intentaba enseñar a Sophie que debía comportarse con cuidado.
Pero su hija era curiosa.
Como muchos niños de su edad, podía concentrarse intensamente en algo que le llamara la atención y olvidar por completo las advertencias de los adultos.