Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

PARTE 1

—Como yo gano más que tú, desde hoy tú te encargas sola de la casa. Y si no te gusta, siempre puedo encontrar a otra mujer que sí sepa atender a su marido.

Mariana se quedó inmóvil en medio de la cocina, todavía con el bolso colgado del hombro.

Acababa de regresar de trabajar después de pasar casi diez horas en una oficina de logística en Querétaro. Le dolían los pies, tenía hambre y lo único que quería era bañarse, cenar algo y dormir.

Pero Raúl, su esposo desde hacía cuatro años, estaba sentado a la mesa con una taza de café y una expresión tan seria como si estuviera anunciando una decisión empresarial.

—¿Perdón? —preguntó ella.

—Lo que escuchaste. Yo gano casi el doble. No tiene sentido que llegue a barrer, lavar trastes o doblar ropa. Tú eres la mujer de la casa.

Mariana soltó una risa breve, convencida de que estaba bromeando.

No lo estaba.

Hasta esa semana, ambos habían dividido las tareas con bastante normalidad. Ella cocinaba más seguido; él lavaba los platos. Los sábados limpiaban juntos. Si uno llegaba tarde, el otro resolvía la cena.

—Los dos trabajamos —respondió Mariana—. Que tú ganes más no significa que yo llegue descansada.

Raúl cruzó los brazos.

—Mauricio dice que Paola lo entiende perfectamente. Él llega y tiene comida caliente, ropa limpia, la casa impecable… Paola sabe cuál es su lugar.

Mauricio era compañero de Raúl y uno de esos hombres que convertían cualquier comida entre amigos en una competencia sobre quién tenía mejor sueldo, mejor coche o más autoridad en su matrimonio.

—Paola no trabaja fuera de casa —replicó Mariana.

—Eso no importa. El punto es la actitud. Mauricio dice que una mujer que respeta a su esposo no está contando quién lavó más platos.

Mariana sintió que algo se le endurecía en el pecho.

—Entonces quizá deberías casarte con Mauricio, porque últimamente lo escuchas más a él que a mí.

Raúl golpeó suavemente la mesa con los dedos.

—No hagas drama. Sólo te estoy diciendo cómo deberían funcionar las cosas.

Luego señaló la estufa.

—Por cierto, no he cenado. ¿Me calientas lo de ayer? Y sírveme otro café.

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