hacia mí sonriendo, y eso casi lo empeoró. Cuando llegó a mi lado me incliné y le susurré:
—Camila, ¿qué es esto?
No respondió. Le entregó el ramo a su dama principal, estiró la mano izquierda y dobló hacia atrás el puño enorme del saco. Dentro de la manga había una etiqueta de tela vieja, cosida a mano. Me la acercó. Leí la primera línea:
«Para mi hija, el día en que se case:»
Lo que decía la etiqueta
El resto estaba bordado con hilo azul, en letras pequeñas e irregulares:
«Perdóname por no poder llevarte del brazo. Pero me llevarás puesto a mí: así caminaremos juntos hasta el final del pasillo. —Papá».
Se me cerró la garganta. Camila me había hablado muchas veces de su padre, Esteban, que murió cuando ella tenía dieciséis, mucho antes de que nos conociéramos. Yo sabía que lo extrañaba cada día, pero nunca había