El ingeniero recomendó evaluar con cuidado la cantidad de peces y mantener vigilancia sobre el canal.
No quería que una especie introducida terminara causando otro problema.
Altagracia aceptó.
No había llegado hasta ahí para defender una idea solo porque era suya.
Si los datos demostraban que algo debía cambiar, lo cambiaría.
Esa fue quizá la diferencia más importante entre ella y quienes se habían burlado de su experimento.
Ella nunca había prometido tener la respuesta.
Había prometido esperar y mirar.
Cuando terminó la reunión, Wenceslao se acercó a ella.
—Usted tenía razón.
Altagracia negó con la cabeza.
—En una parte.
—Pero si no soltaba los peces, nadie habría revisado el canal.
Ella miró la vara que había dejado apoyada contra la pared.
—Eso no lo sabemos.
Wenceslao entendió que no iba a recibir la frase que esperaba.