Era Altagracia.
Caminaba despacio.
Medía.
Anotaba.
Levantaba las piedras que necesitaban revisión.
Y si encontraba un tramo bloqueado, no esperaba a que alguien se riera de ella para actuar.
Había aprendido que una solución no siempre empieza con tener la respuesta.
A veces empieza con hacer la pregunta que nadie más quiere hacer.
Y aquella vieja zanja, que durante meses había sido motivo de burla, terminó convirtiéndose en la parte del pueblo que todos aprendieron a observar con más cuidado.
No porque cuatrocientas tilapias hubieran vencido la sequía.
Sino porque una viuda de sesenta y dos años había demostrado algo mucho más incómodo: que un problema puede parecer inexplicable durante años cuando todos se acostumbran a mirar exactamente el mismo lugar.