Altagracia soltó la vara y se quedó junto al ingeniero mientras él mantenía levantada la piedra que acababa de mover. Debajo había una abertura estrecha, escondida entre las piedras viejas del canal, y por ella entraba un hilo de agua que no se veía desde arriba.
El ingeniero no tocó nada más.
—Quiero revisar de dónde viene esto —dijo.

Wenceslao se acercó dos pasos, pero el hombre levantó una mano para detenerlo.
—Todavía no.
Altagracia miró la abertura.
La conocía.
No exactamente aquella piedra, pero sí esa curva del canal.
Durante años había pasado junto a ella con Refugio, cargando cubetas, limpiando maleza y revisando dónde se quedaba atrapada el agua. Lo que nunca había entendido era que debajo de aquella sección existía una pequeña conexión con otro tramo antiguo del sistema.
El ingeniero pidió una lámpara.
Alguien corrió por ella.
Mientras esperaban, Deodoro Balam se quedó mirando las piedras con una expresión que ya no tenía nada de desafío.
—¿Eso estaba ahí desde antes? —preguntó.
—Desde antes de que yo llegara —contestó Altagracia.
El ingeniero se agachó de nuevo.
Quitó con cuidado una segunda piedra y encontró más sedimento.
Después una tercera.
La abertura continuaba hacia abajo.
No era una fuga reciente.
Era una parte antigua del sistema de riego que había quedado prácticamente olvidada.
El ingeniero pidió que nadie limpiara todavía.
Primero necesitaba entender qué estaba pasando.
Durante los meses anteriores, Altagracia había creído que las cuatrocientas tilapias eran la razón por la que su tramo permanecía limpio y con movimiento.
Y en parte tenía razón.
Los peces habían reducido la acumulación de algas y materia orgánica que se formaba en la superficie y entre las piedras.
Pero no eran ellos los que estaban llevando el agua hasta ahí.
El agua estaba llegando por una ruta que casi nadie recordaba.
Una ruta que había quedado parcialmente tapada durante años.
El ingeniero siguió la abertura con la lámpara.
—Aquí está el problema —dijo finalmente.
Señaló una sección más profunda donde el paso se estrechaba hasta quedar reducido a unos cuantos centímetros.
—No está bloqueado por completo. Está estrangulado.
Altagracia frunció el ceño.
—¿Y por eso seguía pasando?