La Piedra Que Explicaba Por Qué El Canal De Altagracia Seguía Llevando Agua-lbsuong

Por eso, cuando alguien volvió a preguntarle qué había aprendido de todo aquello, Altagracia no habló de suerte.

Tampoco habló de los peces.

Señaló la libreta.

Después la vara.

Y dijo:

—Que el agua siempre deja una pista.

Solo hay que mirar dónde deja de pasar.

A partir de entonces, cada vez que llegaba la temporada seca, la primera persona que revisaba el canal ya no era Wenceslao, ni Deodoro, ni siquiera el ingeniero cuando podía regresar.

Era Altagracia.

Caminaba despacio.

Medía.

Anotaba.

Levantaba las piedras que necesitaban revisión.

Y si encontraba un tramo bloqueado, no esperaba a que alguien se riera de ella para actuar.

Había aprendido que una solución no siempre empieza con tener la respuesta.

A veces empieza con hacer la pregunta que nadie más quiere hacer.

Y aquella vieja zanja, que durante meses había sido motivo de burla, terminó convirtiéndose en la parte del pueblo que todos aprendieron a observar con más cuidado.

No porque cuatrocientas tilapias hubieran vencido la sequía.

Sino porque una viuda de sesenta y dos años había demostrado algo mucho más incómodo: que un problema puede parecer inexplicable durante años cuando todos se acostumbran a mirar exactamente el mismo lugar.

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