Caleb no quiso dar un paso más sin entenderlo: se inclinó frente a Olivia y le hizo, por fin, la pregunta que ella llevaba demasiado tiempo tratando de evitar.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Olivia sostuvo a uno de los bebés contra el pecho mientras los otros dos dormían pegados a ella bajo las mantas delgadas.

No respondió de inmediato.
George seguía de pie junto al banco, con una mano apoyada en su bastón y la otra cerca del hombro de su hijo, como si supiera que la respuesta iba a doler más de lo que Caleb esperaba.
A los pies de Olivia estaba la bolsa gastada que Caleb acababa de levantar.
Dentro había dos biberones vacíos, pañales doblados, el pedazo de pan envuelto en papel y una libreta pequeña con las esquinas vencidas por el uso.
Caleb la abrió pensando que encontraría una dirección, un teléfono o cualquier cosa que pudiera ayudarlo a entender dónde debía llevarla.