En cambio encontró horarios.
5:20 — biberón.
6:10 — cambiar pañales.
6:45 — intentar dormirlos.
Y más abajo, escrito con letras más fuertes, casi marcadas sobre la hoja:
Miércoles, 7:00 — casa del señor Hart. No faltar.
Caleb volvió a leer esa última línea.
Olivia estaba durmiendo en una plaza con tres bebés y, aun así, había organizado su noche para presentarse a limpiar su casa a la mañana siguiente.
—¿Pensabas ir a trabajar así? —preguntó.
Olivia bajó la mirada.
—Sí.
La respuesta fue tan corta que Caleb tardó unos segundos en asimilarla.
—¿Después de dormir aquí?
—Necesito el trabajo.
—Olivia, esto no tiene sentido.
Ella levantó los ojos entonces.
No había enojo en ellos.
Eso fue peor.
Había cansancio, miedo y una especie de resignación que Caleb reconoció de inmediato, aunque nunca antes la hubiera visto dirigida hacia él.
—Para usted quizá no —dijo ella—. Para mí sí.