Porque Alejandro se sentía culpable.
Muchísimo.
Había aceptado otra videollamada apresurada en lugar de volver antes.
Había enviado dinero cuando debía haber enviado tiempo.
Había interpretado el silencio de sus hijas como tranquilidad.
Vanessa lo sabía.
Y estaba intentando usar esa culpa para repartir una responsabilidad que no era igual.
Alejandro respiró despacio.
—Mi ausencia es responsabilidad mía.
Vanessa pareció relajarse un poco.
Pero él continuó.
—Lo que tú hiciste mientras yo estaba fuera es responsabilidad tuya.
Ella volvió a endurecer el rostro.
—No puedes echarme de mi propia casa porque cuatro niñas hicieron un drama.
Emma apareció entonces detrás del marco del comedor.
No lloraba.
Eso hizo que Alejandro sintiera todavía más vergüenza.
Una niña de cinco años no debería tener que aprender a no llorar para evitar problemas.
—Papá —dijo Emma.
—Estoy aquí.