Vanessa había hecho imposible que siguieran trabajando en la casa y después había presentado su ausencia como otra consecuencia del supuesto mal comportamiento de las niñas.
Alejandro pudo reconstruirlo porque dejó de buscar una sola escena monstruosa que explicara todo.
Lo que había ocurrido era más cotidiano y por eso mismo más difícil de detectar desde lejos.
Pequeñas restricciones.
Pequeñas mentiras.
Pequeños castigos repetidos hasta convertirse en una forma de vida.
También revisó su propia conducta.
Había convertido el crecimiento de Ferrer Tecnología en una prueba de amor hacia sus hijas.
Cada nuevo contrato significaba, según él, más seguridad para ellas.
Cada viaje era otro sacrificio por su futuro.
Pero una niña de cinco años no entiende una expansión empresarial.
Entiende quién está cuando despierta con miedo.
Entiende quién le sirve comida.