La niña lo miró como si la hubieran descubierto haciendo algo prohibido.
—Tenía hambre.
Alejandro abrió más la puerta.
—Entonces come.
Renata esperó.
—¿No me vas a preguntar cuánto comí antes?
—No.
—¿Ni si me porté bien?
—Tampoco.
Renata mordió el pan.
Después cerró la despensa con cuidado.
Ese día no escondió nada.
Con el tiempo, la puerta del antiguo cuarto de Mariana también cambió.
Alejandro decidió no volver a cerrarla con llave.
Sacaron las cajas destinadas a las niñas.
La ropa pasó a sus clósets.
Las cobijas fueron a sus camas.
Los zapatos comenzaron a gastarse como deben gastarse los zapatos de cuatro niñas pequeñas: corriendo, jugando, arrastrando los pies y olvidándolos debajo de los muebles.
Los regalos dejaron de ser premios por obedecer.
Los objetos de Mariana regresaron poco a poco a lugares donde las niñas pudieran tocarlos sin miedo.