No convirtieron el cuarto en un santuario.
Lo convirtieron en una habitación de la casa.
Una tarde, Emma puso una fotografía de su madre sobre una repisa baja.
Lucía dejó junto a ella uno de sus dibujos.
Sofía acomodó un libro.
Renata apareció cargando las pantuflas que Alejandro había encontrado aquella Nochebuena.
Ya estaban manchadas y un poco desgastadas.
—Ya me quedan chicas —dijo.
Alejandro las tomó.
Durante unos segundos recordó el cuarto helado, los pies azulados, el plato roto y el pan verde sobre la mesa.
Luego miró a sus cuatro hijas ocupando sin permiso un espacio que antes había sido usado para mantenerlas lejos de lo que les pertenecía.
—Entonces necesitamos otras —respondió.
Renata sonrió y dejó las viejas junto a la puerta.
La siguiente Nochebuena fue distinta.
No hubo una fiesta enorme.
No hubo mesas llenas para desconocidos.
Las niñas ayudaron a preparar la cena y discutieron por quién podía poner primero sus cosas en la mesa.