Pero apenas unos segundos después terminó otra vez en el suelo.
En ese momento todas comprendieron la verdad.
Aquella mujer no era una simple reclusa capaz de defenderse.
Era alguien con entrenamiento profesional.
Finalmente, Vanessa dejó de luchar por ponerse en pie.
Respirando con dificultad, levantó la vista hacia la desconocida como si la estuviera viendo por primera vez.
—¿Quién… quién eres? —preguntó con voz entrecortada.
La joven la observó desde arriba sin alterar su expresión.
—Alguien con quien jamás debiste enfrentarte.
En ese preciso instante, toda la prisión entendió que acababa de llegar una nueva interna.
Y, por primera vez en muchos años, el miedo había cambiado de dueño.