Adrián recibió aquel segundo papel de manos de Isabel sin saber que, al abrirlo, iba a dejar de preguntarse solamente por qué su padre nunca había regresado.
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La pregunta que estaba a punto de aparecer era mucho más difícil: quién había decidido, durante diecinueve años, qué podía saber cada uno de ellos.
El papel estaba amarillento en los bordes y doblado tantas veces que una de las esquinas casi se desprendía.
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Adrián miró primero a su madre.
Después a Gabriel.
—¿Qué es esto?
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Isabel apretó la cesta contra la cadera, como si necesitara sostener algo mientras él leía.
—Me llegó unas semanas después de que nacieras.
Gabriel dio un paso más cerca, pero no intentó quitarle el documento.
Adrián desplegó la hoja.
La letra era firme, inclinada hacia la derecha.
Gabriel la reconoció antes de leer una sola palabra.